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Las parejas enfrentan
dos tipos de problemas: aquellos que pueden resolverse y los que
no tienen remedio. La diferencia entre ambos es que los primeros
son producto de las circunstancias o de las etapas de la vida
y van cambiando a través del tiempo. Y los segundos se
relacionan con aspectos más permanentes del historial o
la personalidad de los amantes y originan conflictos que aparecen
una y otra vez a lo largo de los años. Los dos duelen y
pueden destruir una relación; con ambos se puede convivir
y ser feliz. A pesar de lo que pudiera esperarse, auspiciosos
amores fracasan por su incapacidad para enfrentar trabas menores,
mientras que otros de apariencia dudosa son tremendamente estables,
debido a la inteligencia con que abordan las dificultades perpetuas.
Paradójicamente, los amores que duran toda la vida son
aquellos que mejor enfrentan los problemas sin solución.
Cuando se forma pareja
es necesario estar muy consciente de que, junto con elegir a la
persona de sus sueños, también está eligiendo
un conjunto de problemas con los cuales deberá lidiar el
resto de su vida. Tal cual. En el amor, uno se compra satisfacciones
y carencias. No es posible encontrar el enamorado perfecto, con
todos los atributos necesarios y libres de defecto. Y nadie es
Dios como para soportar en el otro cualquier frustración
o deficiencia sin quedarse atascado en la infelicidad. Problemas
siempre hay, la gracia es saber cuáles son tolerables,
enfrentables y superables, y cuáles sobrepasan las competencias
afectivas y comunicacionales de los involucrados. A modo de ejemplo,
pueden ser problemas perpetuos diferencias en el deseo sexual,
en la capacidad de conectarse íntimamente, en las formas
de asumir conflictos, en la rapidez para tomar decisiones, en
las necesidades de autonomía, en el sentido del orden,
en la capacidad emprendedora, en el optimismo y perseverancia
frente a la adversidad, en la importancia que se le otorga a la
razón y a las emociones, en valores e intereses. También
pueden ser dificultades crónicas las adicciones, las enfermedades
físicas o mentales, la tendencia a la infidelidad y a la
mentira, la inestabilidad laboral o afectiva. Amar requiere tolerancia,
pero también honestidad con uno mismo para reconocer nuestras
limitaciones. Y el mero paso del tiempo tiende a agravar más
que aliviar los problemas.
Si aspira a una relación
amorosa donde todos los problemas encuentren solución,
debo advertirle que está desubicado y corre el riesgo de
hacer y hacerse mucho daño. Cuidado con convertirse en
uno de esos cándidos inconformistas que cambian una y otra
vez de pareja, buscando encontrar el paraíso en la tierra,
o en un amargo desesperanzado que no cree en el amor y se enreda
en un desastre tras otro, solo para confirmar su escepticismo.
Las parejas tienen temas sobre los cuales vuelven una y otra vez,
y sus conflictos son variaciones acerca de los mismos. Pasarán
los años, y con más canas, kilos y arrugas, posiblemente
sigan discutiendo de otra forma las mismas dificultades que antaño.
Lo que diferencia a las relaciones amorosas, más allá
de la cantidad y calidad de sus problemas, es su manera de enfrentarlos
sin abrumarse ni quedar atascados.
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