Divorcio: ¿Cuánto le cuesta a los hijos?


Con o sin ley de divorcio, las rupturas matrimoniales tienen efectos emocionales y económicos en los hijos. La mayor o menor repercusión depende de cómo marido y mujer logran unirse en torno al papel de padres, más allá de su separación como pareja. Ahí está la base.

Treinta años de divorcio en Estados Unidos y los países europeos han llevado a sacar innumerables conclusiones sobre los efectos que tiene en la familia. Varios estudios rondan en el ambiente y apuntan principalmente a las consecuencias emocionales y económicas que causa en los hijos. Sobre las primeras, hay consenso parcial. Para algunos es mejor una buena separación que un mal matrimonio, porque disminuye la tensión dentro del hogar. Otras investigaciones, sin embargo, tienden a demostrar que a los hijos no les importa si la mamá o el papá duermen en camas separadas, siempre y cuando la familia viva bajo el mismo techo.

Así lo sostiene la sicóloga Judith Wallerstein, académica de la Universidad de Berkeley, quien escribió "El legado inesperado del divorcio". Allí recopila el conocimiento obtenido con más de 6.000 niños, donde compara los que crecieron en familias intactas con los de familias divorciadas. A un grupo central de 131 les hizo un seguimiento durante 25 años, para analizar los efectos a largo plazo.

Para ella, uno de los grandes mitos en torno a este tema es que si los padres son felices, los hijos también lo serán. "Erróneamente creemos que aunque los niños estén angustiados con el divorcio, la crisis será transitoria, porque tienen mucha capacidad para recuperarse. Los hijos no se consideran en forma independiente de sus papás; sus necesidades e incluso sus pensamientos se subordinan a los intereses del adulto. Este mito se basa en que los mayores no pueden comprender la visión del mundo que tienen los niños y su forma de pensar... Incluso adultos que se encuentran entrampados en matrimonios muy infelices, se sorprenderían al darse cuenta de que sus hijos están relativamente contentos".

De acuerdo a sus averiguaciones, los niños en familias posdivorcio no se ven ni más felices ni más sanos ni mejor adaptados, aunque uno o ambos padres lo estén. "Estudios a nivel nacional en Estados Unidos muestran que los hijos de familias divorciadas y vueltas a casar son más agresivos hacia sus papás y profesores. Experimentan más depresión, tienen más dificultades de aprendizaje y sufren más problemas con sus pares, que lo que sucede con niños de familias intactas".

Entre los efectos inmediatos después de un quiebre matrimonial, se menciona que los hijos experimentan reacciones como rabia, miedo, pena, preocupación, rechazo, conflicto con las lealtades, ira, baja en la autoestima, aumento de las ansiedades y soledad, más estados depresivos, pensamientos e intentos suicidas.

Sin embargo, sobre estas consecuencias emocionales del deterioro en los hijos, es donde hay menos consensos. En Chile, Verónica Gazmuri, terapeuta familiar y mediadora del proyecto piloto de mediación anexo a tribunales, tiene su opinión del tema y comenta un estudio realizado en nuestro país, que compara variables como rendimiento escolar, adaptación con otros niños, entre hijos de familias intactas, familias separadas y familias con problemas graves. "Se vio claramente que los más perjudicados eran los de familias mal avenidas. En las situaciones en que ha habido descalificación, maltrato, infidelidad, crítica, todo eso desaparece o se aminora con la separación. El niño pasa a tener una relación directa con cada uno de sus papás y eso es lejos más positivo que estar viviendo en un ambiente donde formalmente están juntos, pero emocionalmente distanciados".

Distinto, dice, es cuando los padres no han manifestado signo visible de conflicto y sorpresivamente se separan. "Ahí los hijos no entienden y sufren mucho".

Ese es el caso vivido por Álvaro (32), quien a los 14 años fue informado por sus papás que se iban a separar.

"Un domingo en la tarde nos llamaron a su pieza, porque tenían algo que decirnos. Nunca los vi discutir ni menos pelear, por eso fue tan sorpresivo para mí. Yo pensaba que éramos la familia perfecta. Desde el momento en que se separaron, quise que se juntaran. No nos cambiamos de casa, la mamá quiso quedarse en ella, porque veía que éramos felices y el papá contribuyó a que siguiéramos ahí. Si bien el nivel económico cambió, no fue trascendental, porque ambos procuraron que no nos faltara nada".

"Mi relación con el papá sí cambio y radicalmente; él se fue de la casa y eso yo no lo podía asumir, se me quebró la imagen de padre. Mi actitud inicial fue tratar de no verlo, porque me hacía mal; ya no estaba conmigo. En otras palabras, antes de la separación el papá era mi amigo y estaba siempre conmigo, yo hacía todo con él, después de la separación también nos separamos. Ya no contaba con él".

evitar la distancia

María Eugenia (39), casada y mamá de cuatro hijos, tampoco esperaba la decisión que sus padres tomaron cuando ella tenía 12 años. Igual que Alvaro recuerda claramente la escena en que le comunicaron la noticia: "Nos llamaron un día en la mañana antes de irnos al colegio, nos sentaron, nos dijeron que se iban a separar y después cada uno de nosotros pescó su bolsón y se fue a clases. Sólo recuerdo que nos dijeron que la culpa no era de nosotros. Mi hermano chico tenía cinco años y el otro, diez. Fue de la noche a la mañana. Nunca lo pensé, porque no eran ni muy cariñosos ni de muchas peleas".

Donde sí hay acuerdo es que nada sigue igual para los hijos cuando sus papás se separan. Y cualesquiera sean las consecuencias negativas, disminuyen considerablemente si se trata de una separación no destructiva. Para la sicóloga Gazmuri, esto significa "que la pareja conyugal acepta que se quiere separar, pero reconoce que como padres siguen estando juntos. El lema de las buenas separaciones debería ser: los cónyuges se separan pero los padres siguen unidos. Durante muchos años se compararon papás que se separaban con otros que no se separaban. Lo que se investiga ahora es de qué forma se separan, cuáles son los cambios que los afectan, las situaciones dentro de la separación que hacen que los niños estén más mal".

un apoyo fundamental

Lo que sucede, explica, es que habitualmente las parejas se separan de una mala forma, "porque quedan muy enredadas en sus conflictos conyugales, en sus rabias; Entonces, echan a perder su relación como papás y comienzan a no ver al hijo, comienzan a utilizarlo en contra del otro y ésas son las situaciones que le hacen mal al hijo. Si la lucha sigue después de la separación, evidentemente el niño va a estar peor, sobre todo en términos económicos. Empiezan a haber restricciones grandes, cambios de casa, de colegio. El ingreso habitualmente disminuye y la mamá, que estaba más en la casa, tiene que salir a trabajar y los niños están menos con ella".

Según la sicóloga Gazmuri, para evitar las separaciones dañinas es fundamental el apoyo de las familias de origen. "Que lo tengan, en el sentido de acoger y de no hacerle la guerra al otro. Cuando hay destructividad, cada una de las familias de origen se abandera con uno en contra del otro. Significa que los niños que pertenecen a las dos familias terminan por tenerlas divididas. Y no sólo las familias se abanderan, también los terapeutas, los abogados, los profesores, todo el mundo".

La civilidad para afrontar el tema también tiene que ver con cómo informar a los hijos y para la sicóloga consiste en hacerlos participar del proceso, "en anticiparles, explicarles lo que tiene que ver con ellos, nada más. Sobre todo, asegurarles que van a seguir siendo sus papás".

Uno de los factores que ve como negativo es la estigmatización que se hace del hijo de padres separados. "Se dice fulanito es hijo de papás separados y nadie dice fulanito es hijo de papás casados".

Álvaro cuenta que socialmente la separación de sus padres lo afectó muchísimo. "Yo estaba en plena edad del pavo y al principio escondí mi nueva situación, básicamente por el qué dirían, porque nuestra familia feliz se había derrumbado y eso no se podía mostrar. Mis compañeros de curso y amigos supieron después de un año y quizás más tiempo. Yo siempre traté de ocultarlo. Mi sensación personal era ambivalente: Estaba feliz porque a esa edad nada importa y el colegio y los amigos llenan casi todos los espacios. Por otra parte, mi actitud fue de máxima rebeldía y displicencia; sin embargo, interiormente sufrí durante mucho tiempo".

María Eugenia, por su parte, cree que la trataron de echar del colegio desde que supieron que sus papás ya no vivían juntos. Fue esa sensación la que la hizo convertirse en una hija del rigor. "Me iba súper bien con las notas. Siempre me dije no por ser hija de papás separados voy a ser drogadicta, suelta y curada. Yo tenía amigas que eran así, y no quería caer en el cuento de mira esta pobre niñita".

El peso económico

Como muchos otros hijos de separados, junto con el alejamiento de su padre María Eugenia empezó a vivir las secuelas económicas.

"Con mi mamá no nos cambiamos de casa. Lo peor es que mi papá nos dio nada. Entre mis tíos y los abuelos nos pusieron todo. Todavía me acuerdo con angustia de esa casa. Ahí se cortó el vínculo. Yo tenía 13 años y mi papá se quedó con el teléfono. Mis amigas me inventaban los panoramas y me iban a buscar. De eso me acuerdo con pena. Mi mamá trabajaba de sol a sol y mi papá no aportaba. Era todo un dramón. Me llamaba que se iba a suicidar si yo no llegaba a verlo. Me acuerdo haber corrido del colegio a la casa. El manipulaba, porque en el fondo se quedó solo, víctima de la situación y nos hablaba pésimo de mi mamá".

En la fundación Chile Unido, Paulina Villagrán, directora del departamento de estudios, asegura que con la separación de los padres "un mayor porcentaje de hijos cae bajo la línea de la pobreza, porque disminuyen los ingresos familiares y buena parte no puede terminar sus estudios. A los 18 años deben empezar a trabajar, porque el dinero no les alcanza".

La abogada cree que una ruptura más agresiva tampoco ayuda al bienestar económico ni emocional de los hijos. "Muchas veces la persona se aprovecha de la situación en el momento de negociar. Para eso usa a los hijos y amenaza sicológicamente".

Respecto de las pensiones alimenticias, en el artículo "Consecuencias económicas y sociales de la aceptación de una ley de divorcio vincular", el economista Carlos Antonio Díaz, señala que, "en la realidad, un alto porcentaje de los esposos no cumple con su obligación de ayuda económica, más allá de cortos períodos y en bajos montos". Entre las razones se mencionan la imposibilidad para muchos hombres de mantener dos o más hogares, los altos costos de fiscalización que dificultan la cobranza y, como el matrimonio pasa a ser un contrato temporal, algunos no se sienten con la obligación de ayudar económicamente.

Un libro escrito por Patrick Fagan, asesor del gobierno de Bush en temas de familia, revela que "para las familias que no eran pobres antes del divorcio, la caída de sus ingresos puede llegar hasta el 50 por ciento".

importa el futuro

Más allá de los resultados materiales, uno de los temas que se mencionan a la hora de hablar de consecuencias del divorcio, es el modelo de pareja que tienen los hijos para sus relaciones futuras.

Verónica Gazmuri da su apreciación: "Externamente creo que tener modelos de pareja es reimportante. Internamente, vivir una buena relación tiene que ver con haber experimentado buenas relaciones con tus padres; relaciones con bases de confianza, de aceptación, de valorización. Lo que pasa es que, en general, eso no ha ocurrido. O han tenido muy poca relación con el papá o incluso con la mamá, que se ha quedado con ellos.

Pero también hay otros modelos a los que acudir. La madre puede haberse vuelto a casar y tener una buena relación de pareja, además están los abuelos, los tíos cercanos".

Ante la pregunta de si la familia tradicional entendida como papá-mamá e hijos es el espacio óptimo para desarrollarse como persona, responde:

"Idealmente es donde se da la mayor complejidad de relaciones; entre un hombre y una mujer, entre hermanos, entre padres e hijos. Ahí se da una riqueza de aprendizaje muy positiva. Ahora, lo más importante, a mi modo de ver, es crecer en un ambiente de tranquilidad y amor. Diría que el divorcio implica un fracaso de un proyecto en una relación conyugal, pero no significa que sea un fracaso total de esa persona y de esa familia".

Tanto María Eugenia como Alvaro tienen hoy sus propias familias y con el tiempo su reflexión los ha llevado a esforzarse al máximo por mantener sus matrimonios.

"Siempre le digo a mi marido: tú podrás tener otra mujer, yo otro hombre, pero a mis niños no los hago vivir lo que viví. Esto de tener que elegir, el no saber para qué lado tirar, oír cosas que no quieres oír, no, no tienen derecho. Llevo 17 años casada y voy a luchar hasta el final para no separarme. Eso no está dentro de mis esquemas", cuenta María Eugenia.

Tampoco está dentro de los Alvaro.

"Me casé a los 26 años. La separación de mis padres me sirvió de modelo y en vez de debilitar mi actitud frente al matrimonio, me fortaleció enormemente. Tomé el matrimonio como una gran meta y me propuse tener éxito. De cierta manera, siento que por ser hijo de padres separados tengo un gran recetario de cómo hacer las cosas en el matrimonio".

efectos por edad

Aunque hay características comunes, a ningún hijo le afecta de igual manera el divorcio de sus padres. Incluso en una misma familia puede haber diferencias entre los hermanos.

Se ha investigado que la edad influye. Por ejemplo, los menores de 5 años son particularmente vulnerables a los conflictos que ocurren durante la separación. Se aferran más a sus padres y suelen retroceder en su madurez, mostrando actitudes infantiles como hacerse pipí en la cama.

"El estudio de Judith Wallerstein señala que cuando el divorcio ocurre en la media infancia - entre 6 y 8 años- , gran cantidad de niños experimenta persistentes sentimientos como pena y necesidad de un constante reconocimiento de su desempeño en los diferentes desafíos de la vida", se señala en el libro "Consecuencias del divorcio en Estados Unidos", de Patrick Fagan.

En esa investigación se explica que cuando el hijo está en la adolescencia - entre 12 y 15 años- , tiende a reaccionar de dos formas: tratando de evitar crecer o intentando apurar su adultez.

Verónica Gazmuri afirma que se trata de una de las edades más complicadas. "En la adolescencia, quien quiere salir de la casa es el hijo, de modo que cuando lo hace uno de los padres, el hijo se queda tratando de suplir consciente o inconscientemente, real o irrealmente, el papel de mujer u hombre de la casa. En el fondo, le sacas el piso cuando lo que necesita es uno bueno para poder volar".

Un estudio finlandés, mencionado en el libro de Fagan, demostró que a los 22 años, hijos de padres separados experimentan con mayor grado de frecuencia pérdidas de trabajos, más conflictos y más separaciones.

En los adultos jóvenes, señala Fagan, las ansiedades son más altas en sus relaciones con el sexo opuesto. "Son más acuciosos respecto de temas como la traición en las relaciones de parejas presentes y futuras. Están muy preocupados por no ser heridos por una novia o el cónyuge".

Cuando los hijos enfrentan la separación tardía de sus padres, normalmente tienen que asumir en forma más intensa el cuidado de ellos. Como dice Verónica Gazmuri, pasan a ser padres de sus padres; por ejemplo, en caso de enfermedad, no tienen una pareja que los cuide.

La temprana actividad sexual, abuso o dependencia de sustancias adictivas, conductas hostiles y depresión, suelen señalarse como efectos que siguen al divorcio de los papás.

Fagan señala: "Estas reacciones son más probables si los padres se divorcian antes de que el niño cumpla 5 años; menos probables si el divorcio se produce después de cumplir 10, y aún menos probables si ocurre en los años intermedios".