Los hijos y el dinero


Muchos niños desconocen que detrás de la acción de sacar billetes de un cajero automático existe un arduo trabajo de los padres. También ignoran que se trata de un recurso limitado y que, dado el momento, puede llegar a escasear. Hay que educarlos desde temprano a valorar y administrar correctamente la plata, o enfrentar las consecuencias.

¿Estoy educando bien a mi hijo? Una pregunta que todos los padres se hacen a diario y, por eso, muchos los inscriben en el mejor colegio que esté a su alcance; les enseñan a ser sociables y de buen comportamiento, a lavarse las manos antes de comer, a cepillarse los dientes, y a que pidan las cosas "por favor". Así, traspasarles conocimientos que les serán de gran beneficio en el futuro.

Sin embargo, más allá de estas importantes lecciones, son pocos quienes también se esmeran en enseñarles a valorar y administrar correctamente el dinero. Un asunto que puede parecer frío y de poca utilidad para sus niños, pero cuyo aprendizaje puede resultar crucial una vez que éste entre al colegio, luego a la universidad y más tarde se desempeñe como profesional y padre de familia.

Explicarles, por ejemplo, que el dinero es un recurso indispensable para cubrir necesidades básicas de la familia, como comer, dormir, educarse o vestirse. Que se trata de un bien limitado y que, dadas las circunstancias, puede escasear, por lo que hay que saber cuidarlo, administrarlo con racionalidad y afrontar la falta de él.

Pero, más especialmente, que es producto del trabajo, que no cae del cielo, no crece de lo árboles o sale de forma mágica de los cajeros automáticos, sino que se debe, únicamente, al sacrificio de los padres.

Se trata de una asignatura donde el ejemplo paterno es, a no dudarlo, la mejor referencia, y en el cual sus errores o virtudes marcarán a fuego a sus hijos, sellando en ellos cualidades como la responsabilidad, visión de largo plazo, austeridad, seguridad y mayor autoestima... O bien creará hijos derrochadores, consumistas, materialistas, inseguros, desordenados, mezquinos e, incluso, personas en exceso desprendidas e irresponsables, más preocupadas del presente que de su bienestar futuro.

Según María Isabel González, sicóloga infantil de la Universidad Católica, la educación en el dinero no sólo es útil para administrar correctamente este recurso, sino que, más importante aún, permite formar la personalidad del niño y entregar importantes valores.

De cómo sean sus padres, un pequeño puede aprender a evaluar y respetar a las personas por lo que son; a considerar que la felicidad va más allá que acumular bienes, y entender que la riqueza no sólo se encuentra en lo monetario, sino que también en la familia, las amistades, el deporte o la cultura.

En casa de economista...

"Desde siempre este tema me ha dado mucho qué pensar", asegura el destacado economista y profesor full time de la Universidad Católica, Felipe Larraín. Y no se refiere a una compleja teoría macroeconómica, a la pelea de tasas entre el Gobierno y la banca, ni a las fluctuaciones del dólar: el asunto que constantemente le preocupa es, precisamente, cómo enseñar a sus hijos a administrar y valorar correctamente el dinero.

Como quien se refiere a una intrincada teoría financiera, este "especialista", expone: "Y una de mis principales conclusiones, y que he tratado de plasmar en mis niños, es que no me gusta la idea de enseñarlos y criarlos en la abundancia; en un sistema donde consiguen y tienen todo lo que quieren, ya que eso no contribuye a formar el carácter... Es un buen ejercicio no darles todo lo que piden, ni todos los helados, ni todas las películas, ya que es importante transmitirles que la plata hay que ganársela, y que requiere de un esfuerzo", asegura este papá de cinco hijos, cuyas edades van desde los 3 a los 12 años.

Para Felipe Larraín, la educación monetaria de sus niños no es tarea fácil; han sido varias las vueltas que le ha dado a este aspecto de las finanzas familiares y, aún así, admite que se trata de una asignatura compleja, que lo tiene en un continuo aprendizaje, y donde permanentemente están a aprueba sus teorías y ejercicios formativos.

Junto a su señora, Francisca Cisternas, han creado un eficiente equipo, ideando un sistema austero, que dimensiona el valor del dinero en su justa medida, y donde las enseñanzas que ambos imparten se orientan a formar el carácter de sus hijos y a transmitir valores, más que la mera educación financiera o administrativa.

"Nos preocupamos de comunicarles que el dinero es un medio de gran ayuda para el diario vivir, pero que no hay que sobredimensionarlo, ni tampoco restarle importancia. También ha sido fundamental transmitirles que la plata no es una medida del éxito. Y ellos lo han comprendido", explica este orgulloso papá. Y agrega que, cuando llegó el momento de comunicarles a los cuatro en edad escolar que les darían una mesada, ellos contestaron: "¿Y para qué?, si no necesitamos tanto...".

Una de sus políticas es no premiar notas, sino que el esfuerzo, la creatividad, el buen rendimiento escolar, la lectura o los logros deportivos, pero a través de comidas familiares en algún restorán de preferencia del homenajeado, o bien a través de un regalo anhelado por éste. Nunca plata.

Una opción bastante acertada y que coincide con la opinión de los sicólogos. Según María Isabel González, no hay nada peor que pagar con dinero las buenas notas. "A través de esta fórmula, el papá está enseñando a su hijo que el trabajo no es importante, si es que no hay un incentivo económico de por medio. Así, en vez de formarlo en sus habilidades, sólo se fomenta lo monetario como un fin. Y, cuando este niño crezca, lo más probable es que no busque satisfacer su vocación, sino que privilegiará aquella profesión que le brinde buenas perspectivas económicas", explica.

En cambio, un niño bien conducido podrá trabajar según sus intereses, sabrá valorarse a sí mismo y, por tanto, tendrá mayor seguridad.

Larraín tiene claro que se trata de una enseñanza que rendirá frutos en el largo plazo: "Creo que la educación sobre el dinero es muy importante, es nuestro legado y será determinante y muy difícil que lo olviden", asegura.

Otro economista que se ha tomado en serio este asunto es Guillermo Tagle, director del Santander Investment.

Padre de 7 niños, cuyas edades van entre los 2 y los 11 años, confiesa que se trata de un tema delicado, puesto que todavía no quiere agobiar a sus hijos con complejos asuntos monetarios. "Se trata de un tema que igual deberán enfrentar cuando sean más grandes, y todavía no quiero meterlos en un mundo metalizado", reconoce en principio.

Sin embargo, agrega que, hasta ahora, su único método ha sido educar a sus niños en la austeridad: "No quiero que tengan todo lo que piden, ya que si en algún momento de sus vidas deben enfrentar escasez de dinero, igual sean felices con lo que tienen", aspira.

También procura llevar a sus niños al campo y a la playa, para que vean de dónde sale la leche, los pollos y las frutas, y no ocurra lo que a un amigo suyo, cuyo hijo pensaba que las manzanas las hacían en los supermercados...

"Mi postura es al margen de la plata: tengo una teoría; es austera y lejana a un ambiente donde se sobresaltan demasiado los valores materiales, donde importa más la marca, que haber aprendido otras cosas", postula.

Por eso, Guillermo Tagle se esmera en demostrarles a sus hijos que la plata cuesta trabajo y que si el papá no está, es porque está trabajando y que deben dar gracias porque nada les falta, ya que hay niños que no pueden decir lo mismo. También apuesta a inculcarles prudencia, de que no se trata de pedir y comprar.

"Pero es complicado, porque también los niños absorben mucho del medio en el cual se desenvuelven, y a veces tengo la impresión de que lucho contra un sistema muy consumista y que va en dirección contraria a la nuestra", se lamenta.

Puede estar tranquilo: según Gloria Chanes, sicóloga infantil y secretaria de estudios de la Universidad Central, los niños valorizarán el dinero según cómo sean sus padres. "Sólo ellos les darán la pauta de si se trata de algo que sirve para comprar, o bien para medir a una persona respecto de lo que tiene", observa.

Pero así como Felipe Larraín y Guillermo Tagle afirman que el tema del dinero les preocupa, otros economistas jóvenes y padres de hijos pequeños todavía no le asignan la debida importancia.

Alexander Galetovic, del Centro de Economía Aplicada de la Universidad de Chile, y padre de dos niños de 4 y 6 años, considera que ellos son todavía muy pequeños, por lo cual la plata aún no les resulta importante. "La valoración del dinero no es un tema de enseñanza; hay que esperar cuando llegue el momento, aunque todavía no sabemos cuándo podrá ser...", reconoció.

En tanto que Rodrigo Valdés, asesor del Banco Central y padre de tres hijos de 5, 3 y menos de un año, sostiene que aún no ha llegado a "esas complejidades".

El dinero desde los 3 a los 14 años

Sin embargo, ya a los 3 años los niños comienzan a incorporar el concepto monetario, y es común verlos jugar al almacén e intercambiar un producto por unos billetes ficticios o monedas de un peso. A esas alturas, los niños perciben el dinero como un aspecto concreto, donde 100 monedas de 1 peso, valen más que un billete de $20.000.

A esa edad la mayoría de los niños atribuye al dinero cualidades mágicas, es decir, para ellos la teoría de que el dinero se saca de los árboles o del cajero automático son igual de creíbles, y no asocian que detrás de cada moneda que llega a sus manitos existe un arduo trabajo de los padres.

Sin embargo, ya son capaces de asimilar algunos simples conceptos, como que para adquirir un producto necesariamente deben decidir y entregar otro a cambio. De esta manera, María Isabel González recomienda jugar al intercambio, donde el padre le da un pequeño chocolate, pero la niña debe pagarle con tres caramelos los que no deben serle devueltos. Así, comprenderá que para adquirir algo es necesario hacer un sacrificio.

Ya a partir de los 5 años, los padres pueden comenzar su tarea financiera, ya que los niños entienden la relación entre dinero y gasto; por ejemplo, saben que con 300 pesos pueden comprarse un helado o una bebida.

Entonces resulta indispensable hacerles saber que el dinero cuesta y que, por lo tanto, deben saber administrarlo y ser conscientes en cuanto a sus demandas.

A esas alturas, una negativa les causa tristeza; sin embargo, es aconsejable que los padres sepan mantenerse firmes, puesto que se trata de una pena pasajera y muy aleccionadora. De lo contrario, se exponen a criar personas inmaduras, eternos niños, incapaces de vivir la frustración.

A esta edad es muy apropiado contarles en qué se desempeñan los padres, qué les gusta de su profesión y que, a partir de ella, reciben una paga mensual. Entonces, los niños, aunque sean pequeños y no entiendan bien de qué se trata, irán incorporando este concepto.

Una gran idea es llevar al niño al lugar de trabajo (se recomienda un horario tranquilo, por ejemplo, un turno de fin de semana) y que vea a sus papás relacionarse con otra gente y aplicar habilidades distintas a las que realizan en casa. Este ejercicio lo ayudará a valorar más el trabajo y a descubrir más tempranamente su vocación.

Enrique Cueto, sicólogo y presidente del Centro de Consultas y Orientación Personal y Familiar del Instituto Carlos Casanueva (ICC), recuerda la vez en que experimentaron con los obreros de una empresa textil: "Llevamos a sus hijos y mujeres a que vieran dónde trabajaban y qué hacían; el ejercicio consistía en que los padres explicaran a sus niños y sus esposas cada detalle de su labor. Así, recuerdo a un obrero que contaba que su misión le cansaba la vista, que debía hacer determinado movimiento con el codo y que, a veces, éste le producía dolor. Pasado un tiempo, llamé a este hombre y me contó que, desde aquella experiencia, le cambió la vida: cada vez que regresaba a su casa, su mujer e hijos corrían a atenderlo, ya no le pedían plata o lo ignoraban, sino que le preguntaban si le había dolido el codo", relata.

El cuento del cajero

Es importante que los padres consideren que dar regalos no es lo mismo que entregar cariño, y que reemplazar tiempo por concesiones materiales puede crear en los hijos profundas carencias e inseguridades, así como un materialismo excesivo.

Andrés, de 37 años y padre de dos niños de 6 y 3 años, reconoce: "Cuando mi hija mayor tenía unos 3 años, cada vez que regresaba a la casa luego del trabajo le traía algún caramelo o chocolate; pero un día me di cuenta que en vez de correr a saludarme con un beso me preguntaba '¿Qué me 'tajiste'? Entonces me di cuenta que la estaba acostumbrando a ser interesada. Le expliqué que, primero que nada, debía saludar con un beso y, pese a las pataletas, suspendí los dulces", reconoce.

Otra mamá, un tanto risueña, pero preocupada, comentó: "Mi hijo siempre ha sido muy regalón y consentido porque es nuestro primogénito y también el primer nieto por parte de ambas familias. ¡Imagínate cómo es!, siempre consigue lo que quiere y si uno le explica que no tiene plata te inquiere: '¡Entonces anda al cajero!' ".

Por eso, los especialistas recomiendan preocuparse de este tema desde temprano.

Desde los 6 años es posible inculcarles hábitos como el ahorro. No obstante, es imprescindible no hostigarlos y darles muchísima confianza. "No hay que olvidar que, hasta antes de los 14, los niños no tienen capacidad cognitiva, por lo cual no son capaces de pensar en el largo plazo. De esta forma, el ahorro puede ser muy aburrido si es que los padres no se esmeran en enseñarles de acuerdo a su real entendimiento", explica la sicóloga González.

Por eso, en vez de la recurrida libreta de ahorro, es aconsejable utilizar algunos estímulos concretos, como una alcancía. Esto, porque para los niños resulta mucho más entretenido y estimulador ver las monedas acumularse, que ir sumando números en una libreta.

También es determinante la actitud con que los padres enseñan a sus hijos: jamás deben inculcarles el ahorro como un deber, sino que como un ejercicio grato y estimulante. De lo contrario, tarde o temprano los pequeños optarán por revelarse.

Así, una idea interesante es que, una vez que los niños hayan logrado llenar su chanchito, cuenten las monedas y destinen su dinero a alguna compra que ellos consideren importante, y que los padres los acompañen a efectuarla.

Es bueno que tengan libertad para invertir sus monedas, aunque siempre con algunos límites que no transgredan las políticas de los padres, como no adquirir cigarrillos o demasiados dulces.

También es muy útil darle al niño la opción de gastar su dinero o bien continuar ahorrando; y, si opta por esto último, estimularlo aplicando algún interés.

Mediante el ahorro, a veces los niños también experimentan sentimientos como la frustración. Se trata de un proceso normal, al cual llegan cuando se dan cuenta que con ese dinero será muy difícil comprarse, por ejemplo, un computador. Pero hay que dejarlos vivenciar este sentimiento ya que, si bien les puede causar dolor, los hará más fuertes, realistas y tolerantes a esa clase de situaciones y, por tanto, es más probable que a futuro perseveren en sus anhelos.

Ya entre los 8 y los 10 años, cuando es común ver a los niños hacer jugos y queques para luego comercializarlos entre sus vecinos, es bueno incentivarlos e iniciar sus primeras lecciones de administración del dinero. Una buena idea, y también un entretenido juego, puede ser comprarles una caja con dulces y decirles que, si bien tiene la posibilidad de comérselos, pueden comercializarlos entre sus amigos y que, con sus ganancias pueden adquirir una nueva caja y así ir incrementando su capital.

"Nunca olvidaré la vez que mi abuelita llegó con una inmensa bolsa con calugas y me dio la idea de venderlas entre mis vecinos. Tenía como 11 años y, aunque representaba una gran tentación tenerlas bajo mi cama, me armé de voluntad y acepté el desafío. Los niños iban a mi casa a comprar, anotaba todas las ventas en una libreta y la plata quedaba en una caja, la cual yo contabilizaba todas las noches. Así, al cabo de unos pocos días, las había vendido todas. Con esa plata compré más dulces y así estuve casi todo un verano. Y fue emocionante. Al finalizar, recuerdo que me compré una calculadora ultraliviana y un traje de baño azul; me sentía súper poderosa y muy orgullosa de todo lo que había sido capaz", recuerda una profesional de las comunicaciones.

Los 10 años es también una edad que se considera apropiada para que los niños reciban sus primeras mesadas. Lo ideal es que los padres entreguen una mesada justa, sin caer en exageraciones o mezquindades: "el entregar un dinero excesivo puede crear hijos omnipotentes, que sólo ponen su valor en lo material, generándoles una gran inseguridad", asegura la sicóloga María Teresa Peralta. En tanto que una mesada exigua sólo les alcanzará para lo justo y no les permitirá ahorrar.

Lo peor es no entregarles dinero, ya que los jóvenes buscarán cualquier forma para conseguirlo.

En cambio, Gloria Chanes no está muy de acuerdo con las mesadas, "ya que se pueden mal utilizar, como juntar el dinero para comprar cosas que tienen prohibidas, como por ejemplo un skate, un artículo temido por algunos padres, aterrorizados de la gran cantidad de accidentes que se producen por esta causa".

Por lo general, el suministro debe llegar a su fin una vez que egresan
de la universidad o cuando ya son capaces de autofinanciarse.

Partir por uno mismo

Las diversas lecciones financieras pueden resultar llanas si es que los padres no parten por evaluarse a sí mismos.

"Para educar, influye ciento por ciento cómo se relacionan los padres con el dinero y la actitud concreta que tienen al respecto", explica la sicóloga infantil, María Isabel González.

Por eso, toda enseñanza debe partir con una reflexión sincera de los padres; preguntarse cómo consideran que están educando a su hijo, evaluarse de forma inicial, analizar cómo es su relación con el dinero, detenerse a observarse, pero sin criticarse mucho, ya que, según esta especialista "todos cometemos errores".

También ir más allá, e indagar si se trata de una relación traumática con el dinero, de un vínculo tranquilo o bien despilfarrador.

Analizar, además, a su pareja, preguntarle su parecer y si están de acuerdo.

Sólo entonces analizar cómo es su relación económica con sus hijos; ¿soy demasiado restrictivo?, ¿o consentidor? ¿Por qué? ¿Qué pasa que no puedo negarme? ¿Y qué logro con esto o aquello?

Sólo entonces visualice cómo le gustaría que fuera su familia y su relación con el dinero. Siempre teniendo en cuenta su realidad económica concreta y no la aspiracional.

Como en todo, la receta apunta a ponderar al dinero en su justa medida, valorándolo, pero sin restar igual o mayor importancia al amor, la familia, la vida, los valores, los estudios, el trabajo o la naturaleza.

Un tema muy importante a considerar, sobre todo cuando la economía se ha vuelto frágil y los trabajos ya no duran toda una vida.

Y, lo más importante, enséñeles a valorar lo que tienen.