Pololeos largos ¿relaciones peligrosas?


Superados los escollos económicos o de consolidación en el estudio o el trabajo, el pololeo que se eterniza sin resolverse en matrimonio muchas veces oculta temores: al compromiso, al fracaso, a quedarse solo si hay una ruptura, a perder el encanto de los primeros besos o las frasecitas al oído. Cinco parejas cuentan por qué siguen cautivas en este tipo de relaciones y dos matrimonios explican cómo les afectó vivir esta experiencia antes de casarse. Uno de ellos está feliz y el otro... en terapia.

Cuando no se tiene razón para postergar el matrimonio es necesario cuestionarse por qué la relación no se concretó.


Pololearon toda la etapa universitaria, recién se graduaron de médicos y planean seguir estudios de postgrado en el extranjero. Cecilia Rodríguez (24) y Alberto Araya (25), todavía no piensan casarse y si bien van a hacerlo más adelante, ambos se sienten felices con la relación tal como está.

"Tú vives con tus papás y no tienes más responsabilidades que estudiar", comenta ella. El añade: "Cuando uno ve a compañeros que tienen guagua, que deben trabajar mientras uno sigue pololeando, es más entretenido lo que estamos viviendo, aunque eso no quiere decir que no queramos ser padres más adelante".

No han tenido relaciones sexuales por un tema valórico. Alberto cree que "eso es lo bonito, guardarse para una sola persona".

Según estudios del Instituto Nacional de Estadísticas, los chilenos están extendiendo cada vez más el período previo al matrimonio y las cifras son reveladoras: en 1980, la edad media de los hombres al casarse era de 26,6 años y la de las mujeres a los 23,8; en 1998, esta edad se elevó a 28,9 en ellos y a 26,3 en ellas.

El fenómeno se debería a tres razones, explica el sicólogo de parejas Giorgio Agostini: al aumento de las convivencias, a los pololeos sucesivos múltiples (uno detrás del otro) y a los de larga duración.

En este último grupo se encuentran Luis Dattari (29) y Natalia Ortega (26), egresados de Ingeniería en Ejecución, pololos hace más de seis años.

No tienen proyectos matrimoniales por ahora, ya que prefieren terminar los personales. A Luis le gustaría seguir consolidándose profesionalmente. Natalia, en cambio, ya lo decidió: actualmente sigue Ingeniería Civil.

Se ven poco, porque ella estudia en la noche y él trabaja los fines de semana. "Cuando nos reunimos le sacamos el máximo provecho al tiempo", dice Natalia.

Como nunca han vivido juntos, ignoran cómo se llevarían conviviendo. Les asustaría aburrirse, discutir por algo tan banal como dejar abierto el tubo de pasta dental. "Es ridículo pelear por algo así, pero no me sorprendería, porque soy maniático", reconoce Luis.

Sobre estos pololeos larga duración, el sicólogo Giorgio Agostini sostiene que habitualmente se dan entre parejas que se conocieron en el colegio o la universidad, por lo que deben esperar varios años para casarse. Ninguna novedad, considerando que situaciones así se han presentado en todas las épocas. Lo que ocurre actualmente, dice, es que muchos jóvenes siguen postergando el matrimonio, porque antes quieren cumplir una serie de metas de autorrealización personal, como obtener un postítulo, viajar al extranjero, vivir solo o sola por un tiempo, comprar cosas.

No son los únicos motivos. También están los miedos al compromiso o al fracaso. "Sienten que el matrimonio es una cárcel de por vida o que si se casan fracasarán, como les ocurre a tantas parejas; temores que se dan sin que tengan noción de ellos, a nivel inconsciente".

Los que afectan a Cristián Poblete (28) y María de Lourdes Carrasco (26) son de otro tipo, pero no menos frecuentes. Llevan bastante tiempo pololeando, hoy están trabajando y planean casarse.

No imaginan qué harían en caso de terminar. Mari suspira: "Después de los 25, es difícil encontrar un hombre soltero, que no esté separado ni tenga hijos. Además, si uno ha pololeado tanto tiempo, lo hace para llegar a algún lado y no quedar en el aire". Para Cristián está claro que no podría volver a comprometerse en una relación tan larga.

Este miedo a quedarse solos es lo que puede perpetuar un pololeo, advierte Giorgio Agostini. "Él o ella teme que no logrará alcanzar con otra persona el mismo grado de entendimiento, intimidad y confianza que ha mantenido con su pareja de siempre. Entonces prefiere seguir con ella, en lo que también influye la presión social, que se acentúa en caso de embarazo".

Coincide Renata Ortega, sicóloga experta en parejas:

"Cuando el pololeo se inicia tempranamente, por lo general ambos tienen pocas historias amorosas anteriores. O ninguna. Por eso les cuesta desligarse de la otra persona. No tienen claro si continúan con ella porque la sigue queriendo y eligiendo o porque se sienten incapaces de iniciar una nueva relación".

Si en cambio han tenido hartos pololeos, advierte, sabrán cómo terminarlos y podrán iniciar otra conquista y manejar los términos de la negociación amorosa.

"El pololeo es, en este sentido, un aprendizaje para ser pareja y si se tienen varias experiencias, facilitará la formación de la pareja definitiva".

Postula que, en general, los pololeos que se alargan sin una resolución, obedecen a que él o ella se quedan con la idea de que siempre vivirán la etapa del romance, como cuando recién iniciaron la relación y todo parecía ideal; con el otro siempre enamorado y dispuesto.

"Pero, a medida que pasa el tiempo, egresan del colegio o la universidad, nuevas responsabilidades surgen y empiezan los conflictos. Estos pololos no se dan cuenta de que las parejas, cualquiera sea su edad, deben vivir etapas definidas: la conquista, donde todo se ve esplendoroso; la construcción de las relaciones, en la que ambos muestran y descubren los lados buenos y no tan buenos del otro, y la de la consolidación, en que se aceptan con sus virtudes y defectos, transformando ese espacio en el nido de afecto donde volcarán todo".

Andrea Silva (22) y Cristián García Huidobro (24) pololean hace siete años y piensan casarse en cinco más. Los dos estudian en la universidad. Al reflexionar sobre lo que les ha aportado su relación, él habla de la confianza que siente al tener una pareja. "Significa no sentirte nunca solo, porque con los amigos lo único que uno puede hacer es salir a carretear". Ella dice: "Aparte de ser mi novio, Cristián es mi único amigo, en realidad, porque yo tenía muchos y todos me han defraudado".

Falsa expectativa

Uno de los momentos críticos que han vivido fue el de las infidelidades mutuas, cuando Andrea se fue a estudiar al sur. Pero nunca terminaron: "Lo bueno es que conversamos las cosas y no lo supimos por terceros. Fueron tonteras y no por ellas íbamos a cortar una relación tan larga. Incluso, después nos afirmamos mucho más".

Piensan que si pelearan, no volverían a emparejarse. Cristián cree que siempre compararía, tratando de encontrar a alguien igual a su polola, lo que es imposible: "Tú no vas a volver a los mismos lugares con la otra persona ni tendrás los mismos recuerdos". Andrea está convencida: "Si no es con él, no me casaré con nadie".

Habitualmente, sostiene Renata, es en el tercer período del pololeo cuando se llega a la decisión de casarse o vivir juntos, que también es una forma de compromiso.

"El problema de los pololeos largos, de esos que no llegan a puerto pudiendo hacerlo, es que no logran adaptarse a la segunda fase, cuando el otro se muestra con toda su realidad. Él no entiende por qué ahora ella no lo quiere acompañar al fútbol como al comienzo, y ella, por qué no van a vitrinear juntos, como antes. Entonces empiezan a postergar el matrimonio, esperando recuperar esa etapa del encantamiento inicial, para casarse. Pero normalmente no hay vuelta atrás y lo que más suele durar ese período es un año".

Significa inmadurez, que deriva de expectativas irracionales en lo que es el amor verdadero, destaca la sicóloga: "Implica que yo no estoy con el otro sólo para que me haga feliz, sino para realizar un proyecto donde tengo la certeza de que en muchas cosas no estaremos de acuerdo, tendremos que discutir algunos aspectos de mi pareja que no me gustan, pero que pese a eso, la balanza sigue inclinándose en favor de la unión".

A veces puede resultar al revés. La persona hace su balance y se da cuenta de que debe terminar su largo pololeo. "Es una decisión que toman mayormente los hombres, porque, por lo que les cuentan sus amigos, sienten que han perdido un mundo de experiencias. Ellas, en cambio, son más reacias por el tema de la soltería".

No es la experiencia de Andrea Muñoz (26), Miss Chile en 1999 y hoy a cargo de la institución "Misses por una causa". Tuvo un pololeo de once años, que terminó hace poco. Siente que esta relación le aportó muchas cosas buenas y siempre quiso casarse: "La vida se encarga de guiarte en el camino y, bueno, nuestros caminos se separaron".

Sus expectativas sobre el matrimonio son inmensas: "Tengo súper claro lo que soy capaz de entregarle a mi pareja y luchar por una relación. Por eso, nunca me podría conformar con menos de lo que aspiro".

Pero hay muchos pololeos largos que concluyen en matrimonio y que después hacen crisis. Giorgio Agostini y Renata Ortega coinciden en esto, echando abajo el mito ése de que "por conocerse tanto se llevarán mejor".

Eso les pasó a Paula (35) y Matías (38), arquitectos, dos hijos, quienes se casaron después de siete años de pololeo más uno en el que estuvieron peleados y sin intimidad sexual. "Él respetó mi virginidad, pero sospecho que tuvo relaciones con otras", cuenta ella. Hoy, esta pareja está en tratamiento sicológico. "Porque desde que llegaron los niños estoy agobiada, muy exigida y siento que mi marido me deja toda la carga, a pesar de que los dos trabajamos", dice la esposa. Distinto es el punto de vista de él. "Durante el pololeo me costó respetar su idea de no tener intimidad, porque para ella era importante. Pero uno se hace expectativas de que durante el matrimonio todo funcionará de maravillas. Y nunca fue así. Por eso estamos en terapia".

Aunque gran parte de los pololeos larga duración incluyen las relaciones sexuales, reconoce Agostini, algunas deciden abstenerse. "Por principios religiosos o de otro tipo, y está bien si ambos aceptan". El problema de Paula y Matías es que los dos se formaron expectativas equivocadas al respecto, más centradas en sus propias necesidades que en las del otro. Ella se queja de la falta de cooperación; él, del poco entusiasmo.

final feliz

Obviamente, no todo pololeo largo está condenado al fracaso o esa pareja será infeliz al casarse. "Los exitosos son aquellos que han manejado la relación con expectativas reales en el pololeo primero y en el matrimonio después", destaca Renata Ortega.

Nicolás Román (30), agrónomo, y Carolina Espinoza (29), diseñadora, parecen haber encontrado la fórmula. Llevan cuatro años casados, después de seis de pololeo, que transcurrieron entre Viña del Mar, donde vivía él, y Santiago, donde estaba ella. Entre maquetas y salidas a terreno, lo pasaron bien.

"De repente, me relajé y quedé embarazada. Nicolás estaba terminando la carrera cuando nació el niño. No nos casamos, esperando que se titulara, pero de pronto le bajaron las dudas. Entonces se fue a trabajar al norte para reflexionar, porque no quería llegar al matrimonio presionado. Yo respeté su decisión, aunque por dentro me moría. No pasó ni un mes sin que me llamara, desesperado, pidiéndome que nos casáramos".

Reconoce que tienen diferencias. "A él le gusta meterse en el computador, leer, irse para adentro. A mí, la vida social. Pero nos respetamos y cedemos cuando hay que hacerlo".

Un futuro parecido podrían vivir Lucía Morales (27) y Luis Morán (27), quienes descubrieron que habían vivido las tres etapas que señala Renata Ortega durante el pololeo que mantienen hace 7 años. Él es ejecutivo y ella no está trabajando, por el momento. En diez meses más se casarán y para no haberlo hecho antes tienen sus razones. Dice Lucía:

"Luis no estaba tan bien en el trabajo como ahora. Claro que en un principio nos dejamos llevar por el impulso de decir que no nos importaba vivir en una choza, porque nos queríamos. Después se nos enfrió la cabeza y dijimos: Sí, vamos a vivir en la choza, pero nos va a durar una semana. Más tarde encontramos que estábamos bien pololeando y que si se alargaba no iba a influir en lo que sentíamos".

Sienten que luego de años de conocimiento mutuo, de pasar por tiempos buenos y malos y tener una situación económica consolidada, están en el mejor minuto para un compromiso mayor. "Cuando uno empieza a pololear, muestra una imagen demasiado bonita y ve al otro perfecto, hasta que llega a un período en que empieza la vida cotidiana y afloran los defectos. Todo este tiempo nos ha servido para darnos cuenta de que, a pesar de ellos, igual nos queremos", concluye Luis.