Relaciones Adictivas


Aunque lo normal es que las relaciones de pareja sean gratificantes, muchas pueden caer en conductas masoquistas, en las cuales causar daño al otro es el principal objetivo.

Pocos han quedado indiferentes frente a la tormentosa relación protagónica de la nueva teleserie de canal 13, Tentación. El "romance", que muestra ribetes de sadismo y adicción, funciona sobre una premisa tan ilógica como enfermiza: "Me hace mal, pero no puedo dejarlo".

La misma que, según la sicóloga de parejas Susana Ifland, sirve de excusa a muchos hombres y mujeres que soportan maltratos de todo tipo con tal de no perder al otro. "Son relaciones en extremo dependientes, donde uno cree que sus necesidades van a ser llenadas por la pareja y que sólo a través de ella pueden obtener satisfacción", dice.

O, al menos, eso es lo que les hacen creer. Cristina (28) viene saliendo de un pololeo de seis años con un hombre de una situación económica y social superior a la de ella. "Él creyó que eso le daba derecho a hacerme sentir como si no valiera nada, como si me estuviera haciendo un favor al estar conmigo". La rutina amorosa de esta pareja era absolutamente pendular: las descalificaciones y burlas iban "in crecendo", hasta que culminaban con una pelea en la que ella amenazaba con dejarlo. Luego venía el momento de los perdones y el arrepentimiento, que por lo general terminaba en la cama. "Éramos apasionados para todo. Pero creo que también me pasó eso de buscar protección, alguien como un padre que sea más que tú y te diga qué hacer", explica.

Lo que hace que Cristina haya soportado tantos malos ratos junto a su pareja es una suerte de adicción que surge en este tipo de relaciones. "La pasión, cuando tiene énfasis en lo físico, produce una sustancia en el cerebro llamada serotonina, que da placer. Las personas con carencias son más vulnerables a generar una adicción, entonces son capaces de cualquier cosa con tal de no perder a la persona que las hace sentir así", explica Susana Ifland.

Afirma que, en estos casos, la pasión que se genera durante las peleas suele ser tanto o más fuerte que la que se expresa en el plano físico. "Se descalifican y se insultan con la misma energía con que después tienen encuentros sexuales. Esa excitación constante genera adrenalina, la que también puede ser adictiva".

Situación que es extrapolable a ambos, porque uno causa daño y se arrepiente con tal de tener su dosis de satisfacción. El otro perdona con el mismo fin.

"Es como el tabaco o el alcohol: sabes que te hace mal, pero no lo puedes dejar tan fácilmente", acota.

Cristina trató. Mil veces se armó de valor, y lo dejó, "pero me rogaba, y cuando amas te aferras a la esperanza de que pueda cambiar". Ahora lleva un récord de casi dos meses sin volver, pero admite que se han visto y hablado. "Si efectivamente me demuestra que ha cambiado, tendría que pensarlo. No creo, porque sé que me hace mal", dice.

Profecía autocumplida

El rol de víctima no es exclusivo de la mujer, aunque efectivamente son ellas las que lo asumen con mayor frecuencia. En ese sentido, el modelo de los propios padres es determinante. "Generalmente han tenido una infancia carente desde el punto de vista familiar, con abandonos o violencia", sostiene la sicóloga.

Clara (34) cuenta que, antes de su marido, todas sus relaciones fueron tormentosas, masoquistas y "poco nutritivas". "Mi padre nos abandonó cuando era chica, lo que me produjo terror al abandono. Comencé a creer que no merecía cariño y que tenía que mendigarlo como fuera. Fue la profecía autocumplida, entregué mi cuerpo mucho más de lo que debería y acepté situaciones que me hicieron mucho daño para no perder a mi pareja".

A juicio del siquiatra León Cohen, existe de parte de estas personas un "compulsivo deseo de posesión" que no pone condiciones y donde "el cuerpo se transforma en un objeto de transacción y control".

Además, distingue otros "móviles" que pueden gatillar una conducta masoquista al interior de una pareja: venganza, resentimiento y culpa.

Romina (30) admite que más de la mitad de su pololeo con Francisco tuvo un solo fin: hacerlo pagar. "Era una relación normal, hasta que él tuvo un romance clandestino con una amiga. Hice como que lo perdoné, pero sin quererlo me dediqué a echarle a perder la siquis. Lo engañaba, dejando siempre una pista para que él sospechara, y lo empecé a tratar pésimo, descalificándolo y haciéndolo sentir poca cosa". La solución tampoco estaba en terminar, "porque eso significaba que yo perdía la capacidad de hacerle daño, y no estaba dispuesta a eso".

"Puede ser por infidelidad o problemas de plata, pero lo cierto es que la relación entre ambos se vuelve francamente despreciativa". Según Cohen, éstos son los típicos casos de parejas que tienen un trato "persecutorio, irónico, rencoroso y violento".

La culpa y el temor a perder al otro hacen que uno de los miembros prácticamente se entregue para ser sometido. "Además, la complicidad de la pareja masoquista aparece como una verdadera adicción entre los cónyuges, y puede manifestarse como una resistencia al cambio o a pedir ayuda", precisa.

Salir es posible

Especialistas concuerdan en que salir de este tipo de patrón en las relaciones cuesta, pero se puede. Como toda adicción, lo más útil es la terapia. "En ella se le enseña a la persona que sus carencias y necesidades pueden ser satisfechas por ella, y que no requiere a un tercero para hacerlo", explica la sicóloga de parejas Susana Ifland.

Al respecto, agrega que hay que tener especial cuidado si se trata de un joven o adolescente. "Como aún no han crecido y logrado la madurez en este aspecto, puede que el daño sea más grave".

Admite, eso sí, que la familia sólo puede sugerir y esperar a que el otro recapacite. "Por ningún motivo hay que prohibir o hacer nada a la fuerza, porque puede ser peor".

Adicción

La serotonina y la adrenalina están relacionadas con la pasión física y las peleas agresivas. Ambas producen cierta sensación de bienestar y placer que puede generar una adicción.