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También,
algunos científicos, creen que las fuerzas de la evolución
juegan un papel inconsciente en nuestra selección de pareja.
El amor asegura la reproducción y su forma emocional inseparable
del sexo. Las emociones nos llevan a buscar a alguien perfectamente
a tono a nuestra personalidad, pero permanece en esencia un impulso
sexual individualizado, etéreo.
La tradición
Occidental y el misticismo oriental afirman que el amor se centra
en el alma. Platón describe el amor como el anhelo para
la unión a través de una imagen inconsciente e ideal.
En esta concepción del amor, Eros personifica un deseo
espiritual puro. La respuesta hacia la belleza externa de un cuerpo
obedece más a la afinidad natural hacia la perfección,
más que a un impulso sexual.
El concepto
platónico del amor del alma ha influido tanto las ideas
musulmanas como cristianas por siglos, donde el amor perfecto
integra tanto al cuerpo como el alma.
En casi todos
los mitos de creación existe la creencia de que el deseo
sexual y su anhelo nacen de la separación de una entidad,
única y absoluta, originalmente bisexual o andrógina.
Esta puede ser un Dios, un océano cósmico, un ser
puro o la fuerza del caos, pero en cualquier caso cada ser original
se dividió a sí mismo para producir la diversidad
de las cosas vivientes.
A partir de
ese momento, se establece una diferencia crucial entre el deseo
sexual y el amor que determina nuestra vida, pero que va más
allá de las ciencias y pruebas de laboratorios.
El lazo entre
el sexo y el amor es tan poderoso que la palabra erótico
se ha convertido en sinónimo del despertar del deseo sexual.
En nuestros tiempos, Eros parece estar estrictamente restringido
a la pasión física, un balance entre el deseo y
la satisfacción. La creencia de que Eros, en el sentido
de puro físico deseo, consiste en el deseo de algo más
allá de nuestro alcance. La paradoja radica en que el deseo,
como el hambre, desaparece cuando se ha obtenido la satisfacción
física. Sin embargo, la solución, aunque platónica,
es dar al deseo una dimensión espiritual, lo cual efectivamente
coloca una mayor distancia entre el amor y su objeto final. La
consumación de la pasión sexual se convierte sólo
en un estado para alcanzar una meta, permitiendo al amor por sí
mismo persistir como un sentido de anhelo no mitigado.
El flujo y
reflujo del deseo puede poseer tanto un aspecto emocional como
físico.El amor erótico es esencialmente un torbellino
de pasiones, impulsos y sensaciones en conflicto. Es un estado
de pura lujuria, poco retador constituido por una emoción
fácilmente comprensible. El sexo es una parte integral,
claro está, pero no puede considerase como último
objeto. De ser así, la gente que continúa satisfaciendo
sexualmente a otra no tendría razón de enamorarse.
El amor, en
cambio, es la emoción más poética que conocemos
y a la vez, una de nuestras necesidades básicas. Las emociones,
experiencias y fantasías se traducen a una efímera
ilusión y es celebrada como una fuerza biológica,
cegadora e impulsiva. Muchos psicólogos modernos creen
que nuestra identidad psicosexual contiene tanto aspectos masculinos
como femeninos, y que estos, de cierta forma, son los que determinan
de quién nos enamoramos. Es por ello que ahora se propone
dar especial énfasis e importancia a los primeros años
de vida de un ser humano, ya que siendo adultos tenderemos a buscar
un reemplazo al amor y atención que alguna vez experimentamos
durante nuestra niñez.
Para el amor,
las funciones biológicas pueden proveer las bases para
el deseo erótico, sin olvidar que la influencia de las
expectativas sociales y valores culturales es enorme. La sexualidad
misma es fuertemente influida por estos factores. Se cree cree
que comenzamos a formar, neurofísicamente, mapas de amor
desde muy temprano. La gente que ha desarrollado la idea en la
niñez de que son niñas y no niños, o viceversa,
son en ocasiones incapaces de cambiar los mapas mentales a pesar
de que físicamente se demuestre lo contrario.
Enamorarse
envuelve una mezcla contradictoria de deseo sexual, emociones
y valores. Las paradojas del amor rápidamente se vuelven
aparentes: el deseo por acercarse pugna con la necesidad de acertar
con nuestra propia identidad y con lo episódico del deseo
erótico.
La necesidad
de experimentar un sentido de poder en una relación y,
aún así, tener también la certeza de vencer
el control, fluctúa día a día y es reflejado
en el aparente inconsciente comportamiento de una pareja cuando
es vista desde afuera. Es nuestra habilidad de balancear estas
demandas psicosexuales que determinan nuestro éxito u otra
forma de nuestras relaciones amorosas. Para ello, necesitamos
idealizar nuestra elección amorosa, no sólo sexualmente,
sino también en la esfera cultural, estética y moral
para promover una empatía imaginativa con el objeto que
trasciende el ego individual y crea un sentido único de
armonía con el mundo exterior.
Una verdad
esencial acerca del amor humano es que surge como un anhelo al
escape de nuestro sentido de insuficiencia, como una búsqueda
de otra alma complementaria, y en el momento del encuentro nos
valemos del deseo sexual para poder añadir una emoción
a un acto puramente físico y mostrar que la adrenalina
construida por el deseo y aquella generada por el estrés
son químicamente distintas.
La experiencia
del amor es casi siempre infundida en el anhelo de una nostalgia
cercana. Es casi como si se tuviera el presentimiento que en una
vida anterior experimentamos el amor verdadero y completo, y que
ahora, por eso, poseemos la certeza de que el amor es todavía
una emoción valuada por encima de todo lo demás.
Referencia
bibliográfica:
TRESIDDER,
Megan,The Secret Language of Love,USA, Chronicle Books, 1997
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