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Ambos,
hombre y mujer han salido temprano de la misma para acudir al
centro laboral y, ambos, regresarán y encontrarán
todas las tareas domésticas por hacer. Pero, y he aquí
la diferencia, la mujer tendrá una necesidad imperiosa
de ordenar y recoger mientras que el hombre, aunque agradecerá
ese orden, pospondrá la limpieza para su liberación
de estrés. En consecuencia, tomará el mando de la
tele y se apalancará literalmente en su sofá mientras
la mujer al tiempo que se queja por la incomprensión del
marido recoge la ropa del suelo y ordena toda la casa.
A pesar de toda esa realización tenemos que seguir ocupándonos
de nuestros hogares porque los hombres dan prioridad a su bienestar
personal en vez de al arreglo del entorno.
Nuestra manera
de evadirnos del estrés es distinta de la de los hombres,
los cuales necesitan sumergirse en su propio mundo para separar
y distanciar las tensiones producidas en el terreno laboral.
Cuando discutimos
ellos se muestran más agresivos porque se ofuscan más
rápido que nosotras que tendemos a dialogar para aclarar
nuestras ideas y pensamientos, pero en esa comunicación
a menudo herimos a nuestra pareja porque reproducimos el pensamiento
en el lenguaje para poder entendernos a nosotras mismas, y eso
puede no ser comprendido en todo momento por el hombre.
La mujer se comunica y necesita ser escuchada mientras que el
hombre necesita evadirse mentalmente a diario para regresar nuevamente
más receptivo.
Las parejas
discuten porque existen unas diferencias hombre-mujer insalvables
que si no se entienden acaban por provocar la ruptura.
El hombre
tiene que comprender que la mujer necesita de su romanticismo
y receptividad porque la comunicación para ella es primordial.
La mujer tiene que aceptar las inmersiones del hombre en su caverna
personal donde podrá liberarse del estrés y tomar
energía para ser capaz de escuchar de nuevo.
No hay que tratar de cambiar a uno u a otro porque esas características
marcan la diferencia y ésta complementa a nuestro propio
ser.
A menudo conocemos
a una persona y queremos llevarla a nuestro terreno, cambiarla,
esperando que así se muestre del modo que nosotros deseamos
pero esto no es correcto porque cada cual es único y es
precisamente esa unicidad lo que le da valor como persona, como
ser humano.
Hay que recordar al establecer relaciones que pretender hacer
al otro espejo de uno mismo no es más que buscar nuestro
yo; eso, no es querer.
El amor es
un sentimiento incondicional que no pide nada a cambio y que acepta
al otro tal cual se nos presenta.
En el amor
también mostramos diferencias hombre-mujer. El género
femenino es más romántico mientras que el masculino
es más sexual. Así la mujer es feliz cuando la abrazan
o simplemente la besan, mientras que el hombre necesita el acto
sexual además de cómo acto de amor como manera de
lidiar con su estrés.
Con ello no pretendo decir que la mujer no necesita del acto sexual
porque no es verdad pero la manera de expresión del amor
es distinta. Ella experimenta la sexualidad con todo su cuerpo
mientras que el hombre necesita eyacular como forma de expresión
sexual. La culminación del amor está en la fuerza
del volcán como expulsa su lava mientras que la mujer vive
el sexo en todo su ser simplemente acariciándola.
Si los miembros
de una pareja entendieran que son distintos, muchas de las rupturas
que se producen a diario no llegarían a darse porque aceptando
las diferencias encontraríamos la tregua necesaria para
seguir adelante.
Los conflictos
a menudo surgen porque olvidamos que: hombres y mujeres provienen
de mundos distintos.
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