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El Dr. Ernest Grafenberg,
fue el primero en proponer la existencia de dicha zona en 1950. Este
ginecólogo alemán describió en un artículo
publicado en el International Journal of Sexology, un haz de tejido
nervioso localizado en la pared anterior de la vagina, rodeando la uretra,
que al ser estimulado intensificaba la excitación sexual.
Grafenberg no aportó ninguna evidencia de la existencia del punto
G, aparte de algunas anécdotas sobre las conductas sexuales de
algunas de sus pacientes.
La primera vez que se mencionó esta controvertida zona de la
anatomía femenina con el nombre de punto G, fue en 1982, en el
libro "The G-Spot and other discoveries about human sexuality",
de la terapeuta sexual Alice Khan Ladas, la médica y sexóloga
Beverly Whipple y el médico John D. Perry.
Ocho años después, en el The Kinsey Institute New Report
on Sex: What You Must Know to be Sexually Literate (St. Martin's Press,
1990), la primera publicación de este instituto para el público
general, se decía que "no se ha hecho suficiente investigación
para establecer la veracidad del punto G".
El artículo de Hines, T., "The G-spot: A modern gynecologic
myth", publicado en el volumen 185 (2) de Agosto de 2001 de la
revista "American Journal of Obstetrics and Gynecology" repasa
la evidencia conductual, bioquímica, y anatómica del punto
G. Respecto a la evidencia conductual, este autor hace referencia a
los estudios de Ladas AK, Whipple B, Perry JD (1982), quienes informaron
sobre anécdotas de mujeres que tenían orgasmos mucho mayores
cuando su Punto G era estimulado.
Otro estudio fue realizado por Goldberg et al. (1983) donde se hipotetiza
sobre la relación existente entre la eyaculación femenina
y el controvertido Punto G. Se observó la naturaleza de esta
eyaculación que tenía lugar en la mujer. Goldberg et al.,
utilizaron una técnica para saber si las mujeres de la muestra
poseían punto G o no, dicha técnica consistió en
un examen ginecológico en dónde ellos palparon la vagina
entera en el sentido de las agujas del reloj. Concluyeron que 4 de las
11 mujeres de la muestra poseían el punto G.
Se observa que casi cualquier estimulación manual de cualquier
parte de la vagina puede, bajo circunstancias correctas, despertar una
excitación, incluso el orgasmo. El hecho de que la estimulación
del "punto G" produzca una excitación sexual real de
ninguna manera demuestra que el área estimulada es anatómicamente
diferente de otras áreas en la vagina.
La segunda fuente de evidencia para la existencia del Punto G era la
eyaculación femenina, fluido diferente a la orina, que acontecía
cercano al orgasmo. Inicialmente, la relación entre la eyaculación
femenina y el Punto G era débil y no anatómica. Grafenberg
observó la posible existencia de tal eyaculación. Ladas,
Whipple, y Perry consagraron un capítulo entero al tema en su
libro.
Addiego et al. (1981), fueron los primeros en realizar un análisis
químico. Informaron de la existencia de un más alto nivel
de Fosfatasa Ácida Prostática (PSA) en la eyaculación
que en la orina. El ácido prostático se encuentra en grandes
cantidades en la eyaculación del varón, originándose
en la próstata. Esta evidencia podría tomarse, indirectamente,
como el apoyo para una "próstata" femenina y, más
indirectamente, para el Punto G.
Otros investigadores experimentaron desde un punto de vista más
anatómico el problema. Si las mujeres eyaculan un fluido que
no es ninguna orina, este fluido tiene que proceder de otro lugar distinto
a la vejiga. Severly and Bennett (1978), y Tepper et al. (1984), sugirieron
que dicho fluido provendría de las glándulas periuretrales
de la mujer, también conocido como las glándulas de Skene.
Si estas glándulas son análogas a la próstata del
varón, podría esperarse que sus secreciones fueran similares
a aquéllas de la próstata.
Se han realizado pruebas anatómicas, no observando en ninguno
de los casos órgano sexual alguno que indique la existencia de
dicho punto G. Pero si que hay estudios que afirman una mayor inervación
en la parte anterior que en la posterior de la vagina.
Varias conclusiones surgen
de la revisión:
· Que la aceptación extendida del Punto G va más
allá de la evidencia disponible.
· Resulta difícil de probar que una zona de tan rica inervación
haya pasado inadvertida durante todos estos años desde el punto
de vista anatómico.
· Sobre el Punto G se ha hablado mucho, se ha discutido mucho,
pero todavía no ha podido ser verificado por medios objetivos.
Reflexiones.
Es inevitable relacionar al "Punto G" con la obtención
del Everest sexual, pero es imposible dibujar un mapa preciso y adaptable
a todas las mujeres, cada una es un mundo diferente.
Muchas parejas persiguen este punto con la idea de que es la única
forma de llegar a disfrutar del sexo. Al no encontrarlo se sienten frustrados
y no tienen en cuenta que en la búsqueda esta el resultado.
La búsqueda del "punto G" si en lugar de suponer una
exploración que tiene el fin de llegar a la cumbre del placer
sexual, se convierte en una excusa perfecta para muchas parejas que
en el intervalo aprovechan para recorrer sus cuerpos y conocerse aún
más, puede que logren estar más cerca de compartir una
experiencia de placer.
Quizás el que exista o no el punto G no es lo importante en una
relación de pareja y menos aún en la sexualidad femenina,
lo realmente importante es que esta sexualidad sea satisfactoria y vivida
de forma plena.
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